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HNO. MARTIN REDONDO INSAUSTI

Nombre Civil: Martín Redondo Insausti.

Fecha de Nacimiento: 04/03/1892.

Lugar de Nacimiento: Lizaso — Navarra — España.

Fecha de Profesión: 08/09/1908.

Fecha de Defunsión: 08/12/1972.

Estable 1892 – 1972.
Nacimiento: 04.03.1892 — Lizaso — Navarra.
15.04.1904: Junior, Vich.
01.03.1907: Postulante. San Andrés de Palomar.
08.09.1907: Toma de Hábito.
08.09.1908: Primera Profesión.
24.01.1909: Llega al País.
01.01.1914: Profesión Perpetua.
27.01.1927: Voto Estabilidad.
II Noviciado: Grugliasco, Agosto de 1923.
Fallecimiento:+ 08.12.1972 — Buenos Aires — 81 Años y 64 Años de Vida Religiosa.

Martín Redondo Insausti vio la luz del día en LIZASO, pueblo de Navarra. Podemos visualizar su lugar aquí, en el mapa, no muy lejos de Pamplona. Y a la derecha, un bello rincón. Su padre, Pedro Redondo Roldán, era empleado, y falleció en 1931. Su madre, Natalia Insausti Mendoza, fallecida en 1948. Muy cristianos, lo bautizaron al día siguiente. En la misma parroquia de Lizaso, así como también en ella fue confirmado, sin que conste fecha. Un varón y una mujer, hermanos mayores que él, y un varón menor, cuatro hermanos en total.
Domicilios: Constan los de sus hermanos José, en calle Gral. Franco, 19, en el pueblo de origen familiar; y Leonor Redondo V. de Díaz, Jarauta, 82, Pamplona.
Visitas a su familia: antes o después del Segundo Noviciado, 1923; diciembre de 1947 y de 1959, junio 1967.

Sus compromisos votales: Después de la primera profesión, en Argentina. Ver que la primera fue el 8 de Septiembre de 1908, año en que pasó al Escolasticado de Manresa, y su incorporación a las fuerzas laborales maristas argentinas ya se produjo en febrero de 1909. Fueron cuatro meses de Escolasticado.
Documentos: Libreta de Enrolamiento 1107715, Región Militar 19; y Cédula de Identidad nº 3499014 de Policía Federal.
Nacionalizado argentino el día 6 de julio de 1928.
Títulos habilitantes: En área de Primaria, RESOLUCIÓN DEL C.E.N. 1917 Y 1956; en Secundaria RESOLUCIÓN MINISTERIAL DE 1930 Y 1950; TÍTULO SUPERIOR DEL MAGISTERIO, Mendoza 1941.

+ Hno. CONRADO.
“La vida es cuesta empinada de una montaña cimera”. Para meterse a esbozar la biografía del Hermano Conrado se necesitaría la pluma de un investigador o la paciencia de archivero, con largas horas de buceo en informes y papeles. No se puede encerrar una larga y densa vida en reducido marco. Nuestra pluma, corta y sin alardes, no pretende ofrecer una exhaustiva evocación de la inconfundible figura y de la sobresaliente personalidad del benemérito Hermano Conrado, fallecido en Buenos Aires el 8 de diciembre de 1972. Porque la estampa singular y extraordinaria del H. Conrado ofrece facetas de relevante brillo y posee perfiles de excepcional relieve, algo que desborda todo esquema.
Fue nuestro ilustre difunto hombre de reciedumbre propia, sin recuerdos de tipos vecinos a su conformación psico-somática. De cuerpo menudo y macizo, de temperamento inquieto y nervioso, de carácter activo y fuerte, franco y sin aristas —como su apellido, REDONDO—. Llevaba dentro de sí, al ritmo de permanente andadura juvenil, formas de expresión inimitables y poseía una capacidad de decisión de alto potencial, que luego, en su perimundo, se traducía en palabras concisas y en ejecución sin titubeos. Era un hombre de pensar seguro y hablar sin circunloquios, porque poseía “la palabra interior que ofrece al hombre su propia identidad”. Era un varón aplomado y circunspecto, un tanto aquietado y retraído, sin gestos desmesurados ni palabras de relleno. Su conversación era llana y sabrosa, sabia y sesuda, espontánea y natural. Se podría haber dicho, en más de una ocasión, que tenía presente la frase de Benavente: “Cuando no se piensa lo que se dice, es cuando se dice lo que se piensa”.

Encuadrando estos trazos, diremos que era un hombre sereno y observador, calibrado y circunspecto y a quien nunca le faltó la idea apropiada al tema que se le ponía delante, ni se le olvidó la palabra justa y atinada para alumbrar con oportunidad y firmeza lo que su mente lúcida y rápida le sugería para guiar su pensamiento.
Por otra parte y ampliando estos conceptos diremos que se le podría aplicar el viejo dicho, con sabor de aforismo: “Temo al hombre de un solo libro”… Porque mientras escribo estas líneas, se me pone delante su estampa, con aire sereno y leve sonrisa con escape de gracejo, teniendo la Biblia bajo el brazo izquierdo o en la mano derecha, como pregón del saber indeficiente y de la ciencia infatigable que fueron el numen de su luminosa mente y la guía de su rectilínea trayectoria en la Vida Marista. Porque, así, sacando pautas de la Biblia alambró de luces su vida íntegra y frutecida en los cureos de la Verdad que encierra la Sagrada Escritura y comprendió sagazmente que la “Vanidad de Vanidades”, que lleva al hombre a terrenizarse peligrosamente no tiene más valor y consistencia que la condición evanescente de una burbuja efímera.
Así fue el querido Hermano Conrado, hombre dado a Dios sin reticencias, dado a la Congregación sin embustes, dado a su labor de maestro sin reservas… Sólo así la vida tiene sentido cabal y urgente y puede ofrecer frutos que enriquecen la Vida Eterna.
En su larga vida de Marista, estudiante, maestro, profesor y Director, jamás se doblegó al decaimiento del ánimo ni perdió de vista la altura del ideal que quiso y logró alcanzar, porque supo tener muy alta la cota del entusiasmo y de la paciencia, como lo demostró admirablemente en la dura y larga enfermedad —un cáncer sin remedio— que lo llevó a la tumba. Su entereza y virtud fueron eco vibrante de la ejemplaridad de su hermano, el Hermano Leopoldo Redondo, muerto mártir en España en 1936, con otros muchos Hermanos Maristas, víctimas de la furia comunista.

Nos ha dejado en sus lecciones, en lo que habló y escribió, en lo que dijo y en lo que dejó entender, un manual del auténtico Hermano Marista, del cabal religioso, del cumplido maestro… Por eso nos permitimos aplicarle aquél verso inmortal que Dante dirigió a Virgilio: “Tú, Duca, tú Signore, tú Maestro”…
Al trazar esta breve semblanza del H. Conrado no pretendemos ¡líbrenos Dios! Mitificar gestos que fueron audacias, con sus privaciones, con sus renuncias silenciosas y, muchas veces, acaso, silenciadas. Pero sí queremos subrayar su temple y su espíritu maristas, graficados en líneas recias y ascendentes, como en arcos tensos apuntando a una cima gloriosa, pero sin aires de triunfalismo, como aquellas naves de proa enfilada que al H. Conrado y a los otros pioneros de la Obra Marista en la Argentina, trajeron a estas playas del Plata en el inicio del presente siglo, tremolando al viento, redentoras ambiciones y bajo el lema: “En avant pour Nôtre Dame”. Y nos dejaron su voz de avance plasmada en virtudes y concretada en ejemplos. Tengamos el oído atento y el alma alertada para que “el ruido de los vivos no nos impida oír la voz de nuestros muertos”, como aconseja Benavente. Peregrinemos por los principales hitos de su larga existencia.

El H. Conrado (Martín Redondo Insausti) nació el 4 de marzo de 1892, en Lizaso, provincia de Navarra —España—. Ingresó al Juniorado de Vich el 15 de marzo de 1904 y al Noviciado de San Andrés de Palomar (Barcelona) el 1º de marzo de 1907. Allí tomó el Hábito Marista el 8 de septiembre de 1908 y luego cursó el Escolasticado en Manresa. Al año siguiente, el 24 de enero de 1909 llegó a la Argentina para incorporarse a la docencia en el colegio de La Inmaculada, de Buenos Aires. En 1912 pasó con el cargo de profesor al colegio de Luján y en enero de 1917 se encargó de la fundación y dirección del Instituto San José, de Morón. En febrero del año siguiente pasó a La Plata como fundador y director del Colegio Mons. Rasore (ahora San Luis). En 1923 estuvo en Europa para cumplir la etapa del Segundo Noviciado. Luego, de nuevo en la Argentina, desde 1924 hasta 1962 se desempeñó en las funciones de director en los colegios de La Plata y en los de Buenos Aires, en Mendoza, Morón, Luján y Villa San José, también de Luján. Finalmente desde 1964 a 1970 fue director de la Residencia de la Casa Provincial del Cerro de las Rosas en la ciudad de Córdoba, hasta que se dejó dicha Sede Provincial por su traslado en el Cerro hasta que en septiembre de 1972, ya enfermo grave, fue trasladado al sanatorio San Camilo, de Buenos Aires y en noviembre pasó a la Casa de la Sagrada Familia, de dicha ciudad, donde recibió los esmerados cuidados y la delicadísimas atenciones de los HH. de dicha Casa de la provincia Marista de Luján y muy especialmente del incomparable enfermero Hermano Fausto López. Y en dicha Casa entregó su bella alma a Dios en el grato día del 8 de diciembre, a los 81 años de edad y 64 a la profesión Religiosa, coronado de virtudes y cargado de méritos.

Anotamos también que actuó de Consejero Provincial desde febrero de 1951 hasta octubre de 1961 y fue vicario Provincial en septiembre y octubre de 1958, en ocasión del XV Capítulo General.

Estupenda vida y transparente muerte la del dilectísimo e inolvidable Hermano Conrado, dechado de fidelidad y ejemplar de benemerencia. Figura prócer en los Anales de nuestra Provincia Marista. Nos dejó una trayectoria imborrable y nos entregó un legado imperecedero. Por eso decimos con San Agustín: “No están los muertos ausentes, sino solamente invisibles”.
Coronamos esta semblanza con las primeras líneas de su “Plan de Vida” redactado en 1924. Dicen así: “El examen concienzudo de mi vida pasada me ha puesto de manifiesto, con claridad meridiana, que he sido un gran favorito de las providencias de Jesús y de las mercedes de María… pero un favorito mayor todavía de sus misericordias… Olvidarlo sería para mí terrible castigo y gran desgracia”.
Tales palabras en su brevedad y concisión, propias de contextura espiritual, nos explican la limpia trayectoria de su vida y las claras pautas que orientaron sus procederes y su conducta hasta la alta cima de la perfección religiosa y marista que conquistó en sus largos y meritorios días.

Minimemorias.
Tres años tuve de Director en el C. San José de Mendoza al Hno. Conrado, 1941 – 1943. Esos años cursé 5º, 6º grado y 1er. Año. Ante tal envergadura de personalidad y de Hermano Marista, estas tan quisicosas que recuerdo, fuera irreverencia colocarlas en las páginas centrales de su biografía.
Debió ser en 1941 cuando se inició la construcción del cuerpo de edificio con frente a calle San Martín. Justamente cuando él se hizo cargo de la dirección. Por sus antecedentes de fundador y de “constructor” de algún otro edificio escolar, a mi padre le contó un Hermano que lo habían nombrado en Mendoza porque se preveía la mencionada construcción, y tenía muy buena mano para llevar adelante empresas así.
En mi 1er. Año, un alumno recitaba y, al efectuar escritura en el pizarrón, golpeaba con la punta de la tiza sobre la madera. El Hno. Simón Adolfo, nuestro titular, le pidió que no lo hiciera. Sí, los puntazos resonaban en el aula. Al poco rato, pasó por nuestra clase el Hno. Director. En sus explicaciones, hizo uso del pizarrón. Imagínate, lector, con la pólvora que hablaba y los puntazos sobre el maderamen pedagógico… Nosotros nos mirábamos, y pensábamos, quizá, “A él no le dice nada, ¿no?” Lo fundamental ——circa 13 años— era divertirnos. Y Don Simón Adolfo no las estaba pasando bien.

Un muy bello altar, rutilante de flores que llevábamos los alumnos, nos congregaba en el patio de honor, el de la entrada, frente a la Inmaculada. Nos hablaba el Hno. Conrado. El clima era de real seriedad, y estábamos reunidos toda la Secundaria. ¡Y el inolvidable “Venid y vamos todos”!
Esos años era muy famosa y leída la revista Patoruzú. En sus páginas encontrábamos una historieta humorística, sin continuidad episódica. Un personaje pequeño, pocas palabras, con un perfil que hacía pensar en nuestro Director. Se llamaba “Pepe el pistolero”. Alguna vez se lo relacionaba con él.
Y muchos recordamos sus conferencias en retiro anual, pura vida y nervio, de expresiones breves, lapidarias en general, honda convicción. Una frase que me quedó. Comentaba en torno de esos religiosos que aman a su vocación, pero se ponen en peligro y perecen en él: “Fraile mostén, tú te lo quieres, tú te lo ten”.

Acudimos al número de junio 1973, pág. 34 – 38. Escribe el Hno. Pablo Rafael.
“El pequeño “Grande” Hno. Conrado.
El 8 de diciembre de 1972 se fue al cielo el buen H. Conrado. Había nacido el 4 de marzo de 1892 en Valle de Ulzama, provincia de Navarra, España.
El “Pensador del Cerro”, como lo llamaba el Hno. Mazuelas, o el “Filósofo analista”, al decir del ex H. Honorio, el paraguayo, no es más de los nuestros. Mejor dicho, es más que nunca de los nuestros, porque el cielo, mansión feliz donde él se halla, es la meta para todos nosotros.

¿Conocíamos al H. Conrado?
Estoy convencido que el buen Hermano ha desaparecido totalmente desconocido para muchos, muy poco conocido de unos pocos, y de nadie perfectamente conocido.
Como heredero, por voluntad suya y por bondad del Superior Provincial, de todos sus apuntes, recortes, fotos, cartas, etc., me he creído obligado a decir algo sobre ese hombre que yo llamo “el pequeño Grande”. Sí, pequeño de estatura, pequeño de ojos, pequeño de boca, pero ¡qué grande de alma!, ¡qué grande en discreción!, ¡qué grande en prudencia!, ¡qué grande en doctrina!
Nada escapaba a sus ansias de conocer. Ahí se encuentran apuntes de espiritualidad, de matemáticas, de historia, de geografía, muchísimos de filosofía, no faltan los de sociología, teología, ascética y mística, etc.
El total de cuadernos escritos de puño y letra son unos treinta y cinco. A esto debemos añadir lo escrito en tapas, en fotografías, hojas sueltas, lo que suma otra cantidad grande, y por fin los recortes de diarios, revistas, almanaques, etc., que es algo extraordinario. No faltan tampoco las colecciones de fotografías, postales o curiosidades. Nada escapó a las ansias de saber de aquel cerebro privilegiado. Todo cuanto podía servir a su misión de educador, era archivado. Incluso se pueden ver catalogadas las “Pequeñas delicias de la vida conyugal” Allí, anécdotas curiosas con todas las garantías de veracidad. He aquí un ejemplo que muestra hasta dónde el Hno. Conrado buscaba la verdad objetiva en lo que leía o decía.”

Resumimos el ejemplo que cita el autor de la nota. En mayo de 1963, nuestro biografiado leyó en un diario de Buenos Aires una breve noticia, bajo el epígrafe de “Noticias de España.” Venía de Manzanares, del 29 de abril. Es el caso que un patrullero, Don Vicente Jiménez Bravo, había ingresado en la Cofradía de Jesús del Perdón y en la Semana Santa vistió la túnica de los cofrades a pesar de que se lo reconocía como ateo. Es que estando de servicio, le cayó un rayo que le penetró por el cuello de la chaqueta y le salió por la manga. Sólo quemaduras leves. Don Vicente decía que eso era un verdadero milagro.
El Hermano escribió de inmediato al alcalde de Manzanares para pedirle confirmación del hecho. En la respuesta, además de confirmar la veracidad del hecho le dijo la dirección postal de Don Vicente Jiménez Bravo Díaz Peñalver.
Insistió ante el protagonista en carta de 1º de agosto de ese 1963. Contesta el favorecido en 12 de setiembre de 1963. Citamos algunos pasajes.
“(…) Desde pequeño fui educado en la religión católica, sin embargo y debido a que mi padre falleció pronto, tuve que abandonar el colegio de primera enseñanza y ponerme a trabajar en el campo.” Claro, debía asistir a su madre y algunas hermanas. Sin darse cuenta se fue apartando algo de Dios, sin nunca llegar a la negación de Cristo. Pero, “ahora al ocurrir el caso del rayo misterioso y ver tan clara la intervención de Dios, hizo que volviese los ojos a Él, y a partir de entonces no hay cosa que por más o menos difícil que se presente, que no lo encomiende a su Divina Providencia.”

Continúa narrando el favor divino. Resumimos. Habiendo salido a trabajar en las carreteras, como todos los días, en su calidad de peón. A mediodía, a mitad del campo, con sus compañeros se pusieron a comer. Por no dejar la bicicleta en el suelo, la dejó apoyada en un poste telefónico. Desde su posición de comensal, vieron que se avecinaba una gran tormenta. La seguían con la vista. Al fin del condumio, la nube estaba sobre ellos, y se inició la lluvia. Juntaron sus cosas, dispuestos a trasladarse a una casa no lejana. Al retirar su vehículo, reclinado sobre un poste, no se enteró de más. Por sus compañeros supo luego lo que le ocurrió. Junto con el relámpago, se sintió una cosa silbante y cayó desplomado al suelo. Quedó encorvado y con todo el cuerpo amoratado.
Muy asustados, ellos se pusieron a hacerle masajes. No preveían cuál podía ser el resultado: la impresión era que había resultado carbonizado. Sorpresa, al rato comenzó a recuperarse, ojos abiertos. No sabía qué le había sucedido… somnolencia, gran dolor de cabeza con impedimento de coordinar bien las ideas. Pudo ponerse de pie, y comprobó que el rayo había pasado por detrás de la oreja, siguiendo la trayectoria del brazo izquierdo, para salir por la mano. Las señales – amoratamiento en el brazo y una señal como de un hierro caliente, como si lo hubiera rozado.

La primera visita fue al médico. “Hijo mío, ¡hoy te has nacido!”, a lo cual asintió con gesto de aprobación. Después pasó a la Ermita de Nuestro Padre Jesús del Perdón, para dar le gracias por haber puesto su mano poderosa y hacer el milagro de seguir viviendo; de lo contrario pedía que se imaginara el panorama de su casa, con su esposa y dos hijos pequeños, sin otros medios de vida que sus propios brazos.
Termina diciéndole que puede ver a los señores con los que apostó por no creer aquella noticia aparecida, así como también que les diga que los diarios españoles contienen tanta veracidad, como este insignificante suceso que les ha sido en esa carta relatado.

Termina haciendo notar que, si alguna vez anda por España, “en-contraría un amigo incondicional en toda la extensión de la palabra. De Vd. Atento S. S. Vicente Jiménez Bravo.” Y agrega Pablo Rafael: “Éste era un rasgo del H. Conrado: su amor a la ver-dad; su intransigencia con la mentira; la viera donde la viera, tenía que combatirla.
¿Qué decir del H. Conrado como religioso? … Nada mejor que extractar algunos pasajes del discurso que pronunciara el H. Veremundo, con ocasión de las Bodas de Oro de Toma de Hábito de nuestro querido difunto:

“Los que conocimos al H. Conrado sabemos de sus quilates como religioso; decenas de años de martirios ocultos, de incomprensiones de parte de superiores e inferiores (no olvidemos que fue Director más de cincuenta años seguidos), martirios de convivencia, él que era retraído y poco comunicativo, no por naturaleza sino que, como le gustaba tratar siempre temas de hondura, no siempre encontraba con quien hacerlo y entonces prefería callar. Su religiosidad venía ya de lejos. He conocido a la madre del H. Conrado, Doña Natalia Insausti de Redondo. En 1914 en mi hogar, de paso al Segundo Noviciado; la vi bajar por la cuesta de mi barrio, con una canasta sobre la cabeza y encima una gallina, era el regalo casero para mí. Vehemente, me abrazó y me besó. ‘Hago cuenta que abrazo a mis hijos Maristas’, me dijo, eran tres: Leopoldo, Mauro (los dos mártires de la revolución española de 1936) y Hno. Conrado. El cuarto hijo, estropeado de las piernas, se había quedado en casa. Reproche oyó de las vecinas por haber dejado ir a los sanos y quedarse con el enfermo. “¿Quién soy yo, contestó, para mandar a Dios?’ ¡Temple de madre verdaderamente cristiana! ¡Tenía a quien salir el Hno. Conrado! Y aquí viene otra anécdota de él y de su santa madre, digna de figurar en la vida de los santos. Fue de visita de familia el H. Conrado. Al despedirse de su madre, ya anciana y enferma, ella rehusó la despedida: ‘No te irás tan pronto, le dijo, no te irás hasta que yo muera.’ Llegó el H. Conrado a Barcelona, para embarcarse, y halla un telegrama de los Superiores, en que se le ordena aún, sino que espere un grupo de jóvenes a quienes tendrá que acompañar hacia Argentina. Esperó, pues, como un mes y en eso fue llamado, que ya se sentía morir, ‘¿Has visto, hijo mío, que vuelves?’ le dijo sonriente. ‘Bueno, llama al Señor Cura.’ No estaba éste. ‘Bien, esperaremos para morir’. A la mañana siguiente vi-no el sacerdote. ‘Ahora sí, dijo la buena anciana, ahora puedo morir.’ Y al terminar de recibir los auxilios de la Religión, ex piró. ¡Ésta era la madre de los Redondo! Y así salió el H. Conrado: de tal palo tal astilla. Fue siempre el hombre del deber, de responsabilidad plena, el hombre serio y profundo. En todos sus años de Director, siempre fue igual a sí mismo; hombre de principios inconmovibles. ‘Dios y mi deber, lo demás me importa un pito’, decía a menudo. ¡Cuántos actos de paciencia en sus cincuenta años de Director! ¡En cuántas circunstancias difíciles tuvo que actuar” Había que tratarlo íntimamente para valorar los quilates de su alma. Aparentemente era “frío”, pero más que frío, era prudente, sereno y muy reflexivo. Era de ésos que tienen como máxima, no entregar su corazón a cualquiera. Todo el que lo conocía lo amaba y estimaba. Recuerdo que un médico, que tenía sus dos hijos en el colegio del que era Director, al ser cambiado el H. Conrado, me decía: ’Qué diferencia entre el del año pasado y el de ahora, el de este año es pura apariencia, pura superficialidad; el del año pasado, ése sí qué valía; pequeño de cuerpo, pero ¡qué grande de alma y de inteligencia!’ En otra ocasión, siendo el H. Conrado Director del Colegio M. Belgrano, le fue a encontrar el Dr. Capurro y le dice: ‘Hno. Director, mi hijo mayor se ha ido de casa, ¿qué puedo hacer?’ El H. Conrado, conocedor profundo de la psicología humana, lo mira fijo, y con una sonrisita picaresca, le dice con todo aplomo: ‘No le preocupe, es cosa de muy poco tiempo, volverá pronto.’ En efecto, al día siguiente, el hijo había regresado.” (Aparentemente, sigue hasta aquí la cita de las palabras del H. Veremundo. Y continúa el artículo así:)

“¿No tenía también sus fallas el buen H. Conrado? Claro que las tenía y muy patentes. Ése era el motivo por el que, un hombre de tanto valor, no produjera la impresión que debería haber producido.
Era un autodidacta y como tal no se libró de los defectos que de ordinario adolece el autodidacta: gran apego a su modo de pensar, a su propio juicio, y a sus propios métodos. Se necesitaba Dios y ayuda para hacerle cambiar una idea que se había encastillado en su cabecita. En cierta ocasión estábamos hablando de la Biblia y le espeté a boca jarro: ‘Mire, Hno. Conrado, hay una frase que dice “Creo en el Evangelio por la Iglesia.” Me miró y me dijo: “No creo esa frase”. Le repliqué: “Es frase de San Agustín”. No muy convencido añadió: “Está bien”, pero daba a entender que no le satisfacía.

Otro defecto de nuestro Hermano era el desorden al expresar su pensamiento. Como alguien dijo muy gráficamente: El Hno. Conrado tenía boca muy chica para dar salida a tantos y tan sublimes pensamientos. Predicador durante muchos años de los Ejercicios de San Ignacio, tuvieron los Superiores que librarle de esa misión, porque escucharle exigía ya una buena dosis de vencimiento. Sus frases se interrumpían, se cortaban. Al rato volvía a tomar un pensamiento que había dejado. Lo olvidaba de nuevo. Lo remplazaba con una frase bíblica y aquello era todo un rompecabezas que uno no sabía cómo ordenar. Más que agradar, fastidiaba.” Dedica un párrafo para explicar que ese mismo desorden se encontraba en sus numerosos apuntes. “Se diría que esperaba tener unos años de reposo obligado y entonces dedicar sus buenos ratos para arreglar todo y ponerlo en estado de ser utilizado. El Señor no quiso darle ese tiempo.
Algo que también tenía exageradamente metido en su cabeza, era el criterio de autoridad. Cuando un autor le caía en gracia por su forma o doctrina, ya tenía un buen discípulo en él. Pero no debemos exagerar la nota, pues como inteligente que era, no se engañaba tan fácilmente.

Por último otras dos cositas que para mí eran deficientes en él: un ansia grande de viajar y recorrer lugares. ¡Cuántas veces me invitaba en el Cerro a salir para dar una vuelta por los alrededores! A lo mejor lo impulsaba a ello la soledad natural de su vida en el Cerro. Por último otras dos cositas que para mí eran deficientes en él: un ansia grande de viajar y recorrer lugares. ¡Cuántas veces me invitaba en el Cerro a salir para dar una vuelta por los alrededores! A lo mejor lo impulsaba a ello la soledad natural de su vida en el Cerro.
La otra era el poco entusiasmo por las visitas al Santísimo. El deber cumplido con todo heroísmo; la obligación contra viento y marea, pero luego basta. A lo mejor olvidaba ‘que para ser verdaderamente héroe hay que hacer mucho más de lo obligatorio’.
Hecho un balance entre lo bueno y lo defectuoso del H. Conrado, tengo que decir: lo bueno forma un cúmulo de tesoros espirituales, científicos, doctrinales y ascéticos, muy difícil de agotar; lo defectuoso es un poco de hojarasca que puede uno despreciar y dejar de lado sin el menor inconveniente.
El broche de oro del H. Conrado fue su muerte. Unos días antes de morir, visitándolo yo en el Sanatorio San Camilo, le pregunté: “¿Qué tal va, Hermano?” “No sé, me respondió, pues los médicos no me dicen nada.” Entonces le expresé “Hno. Conrado, yo le voy a decir lo que los médicos no le dicen; dentro de pocos días Ud. irá al cielo, a encontrarse con los Hermanos Benvenuto y Simeón. Se acabó el destierro y el valle de lágrimas. Usted tiene cáncer y muy avanzado.” “Sea lo que Dios quiera”, me respondió. En el Sanatorio dejó un recuerdo de virtud algo extraordinario. Días más tarde lo visité nuevamente en la Casa de la Sagrada Familia. Me contenté con decirle: “Pronto irá al Paraíso”. “Así lo espero”, fue su respuesta. Sin ningún dolor fue apagándose como lámpara que no recibe aceite.
El 8 de diciembre, al llamado de la Inmaculada, salió de este mundo para poder oír aquellas palabras del Divino Maestro: “Ea, siervo bueno y fiel, entra en el gozo de tu Señor.” ¡Hno. Conrado, no se olvide de nosotros!

Retrocedemos unos años, y nos ponemos frente a las páginas 11 – 14, del número de noviembre de 1968. Nuestro biografiado ejerce la dirección de la Casa Provincial, en el Cerro de las Rosas, ciudad de Córdoba. Allí mismo lo entrevista el Hno. José María Mazuelas. Larga es la sesión, por lo cual nos permitimos resumir o entresacar, con perdón.
A la pregunta: Hno. Conrado, ¿el momento más feliz de su vida?
“– Ahora. Pero hay que entrar en espiritualidad. El hombre conforme es orgulloso y sensual, ocupa el lugar de Dios. El hombre con sus facultades, si se aisla de Cristo de la que participan esas facultades, corre el peligro del error. Y digo ahora, porque he llegado a ver esa luz en ella misma, sin esas facultades… Es decir, he llegado a la fe, mediante la cual evitamos los Superiores ser tiranos y los súbditos rebeldes. Se ha operado una depuración. La luz se impone sobre los reflejos de la luz de las facultades. Además, ahora tengo menos responsabilidad.”
“- ¿Y el momento más triste?
– Tendría que pensarlo. Tristeza fisiológica, la tuve la primera noche del juniorado, en Vich. Lloré en la cama porque me sentí solo. Y esa misma noche me avergoncé de haber llorado. Y nunca jamás he llorado en mi vida. Triste, triste, lo que se dice triste, jamás. Aunque ciertos momentos de la vida comunitaria, en ciertas caídas morales de algunos de los súbditos, han sido duros. La felicidad está en el corazón. Cuando uno ama al otro y lo posee, es feliz. Pero lo que pasa es que a uno le gusta poseer y no ser poseído.”
“- ¿Cuál es su libro preferido)
– La Biblia. Estoy seguro de que Dios ha hablado por ella. Ahora bien, preciso de su ayuda, que Él me hable, para poder comprender. Lo que viene del Papa, lo veo en relación con la Biblia. La ‘Humanae Vitae’, p. e. Y estoy seguro tranquilo. Lo veo intuitivamente.”
– ¿Cuántas personalidades ha conocido Vd.?
-Muy pocas. Porque la personalidad implica tres vidas: la instintiva (física), la social (intelectual) y la moral (conciencia). Hay que someter la instintiva, fruto de la herencia, a las otras dos, y eso cuesta, porque las tres están en lucha al mismo tiempo que en relación. La vida en sociedad es una continuada lucha, contrariándose casi de continuo.

Entre la gente seglar he encontrado personas más “sensatas” que entre los Religiosos. Porque al vivir en comunidad, descargada la responsabilidad en la Regla, la independencia de la persona se resiente. Aquí en el Cerro tenemos a un Señor que hace cuatro años que viene a misa todos los días. ¿Lo haría un H. en vacaciones? ¿Cuántos HH. Si no lo tuvieran por Regla, lo haría todos los días? Ningún profesor de entre los HH., me he admirado. El H. Pompeyo, un H. formidable, me ha apreciado mucho, porque siempre con él fui el primero de la clase. Pero yo por él no he sentido admiración. El meollo de la personalidad está dado por la “intención hacía”, un “apuntar” a “un estar sujeto a la voluntad de Dios”. La intención hace al hombre y su personalidad.

-¿Cómo se definiría Vd. A sí mismo?
-Un ser insatisfecho, no obstante ser feliz. Insatisfecho, porque uno no sabe los talentos que recibió; porque cuando uno está en la batalla, navegando, sigue la brújula, sí, pero a lo San Pablo: “No me remuerde la conciencia de nada. Pero no me atrevo a juzgarme. Sólo Dios juzga”.
– En el largo trato con los hombres, ¿a qué conclusión ha llegado Vd.? ¿Cómo nos ve?
-Que siempre ha habido deficiencias en mí y en mis súbditos. Que se necesita mucha humildad. Que nos suele faltar fe y ese divinizar la vida.
-¿Qué verdad filosófica o teológica le ha calado más en su vida?
-No sabría contestarle a esa pregunta. Y hay una pausa (pero yo recuerdo que hace un mes el H. Conrado me habló del pecado original). No obstante, arranca de nuevo y dice: la divinidad de Cristo, porque está documentada históricamente, como la vida de ningún otro; porque Cristo ilumina al A. y el N. T.
-¿Ha realizado su personalidad como Marista? ¿Qué aspecto de ella sobre todo?
-Nunca tuve tentaciones contra la vocación. Pero Vd. Me dirá: ¿y qué tiene que ver la vocación con la personalidad? La vocación es la seguridad de estar según la voluntad de Dios , en la intención de Dios: y eso es desarrollar la personalidad.
-¿Por qué no escribe Vd.?
-Es que mire, yo voy a lo último, a los fines, a las últimas causas. Sintetizo todo en un postulado, para mí y para los demás. Y como esto implica tanto trabajo, antes de llegar a una síntesis, ha resultado un artículo largo, cosa que nadie gusta leer. ¿Resultado? Al día siguiente lo rompo, disgustado del propio trabajo. Por otra parte, ese postulado me da la impresión de estar tan “Según el sentido común”, que todos lo saben. ¿Para qué escribir, entonces? Llego, eso sí, siempre, a esta conclusión: la gran diferencia entre los hombres es ésta: teoría, todos sabemos o creemos saber; el asunto es la práctica.
-¿Cómo ha resuelto Vd. La afectividad que tanto preocupa a los jóvenes? ¿Qué medios ha empleado?
– La afectividad, de los 12 a los 20 años, debe crecer en un ambiente de fe, seriedad y trabajo; porque es un momento en que la afectividad o es dominada o se adueña de nosotros. Que nuestro joven en esos años –así vivimos nosotros- de su vida, polarice sus energías en un ideal. Y si no, veamos, ¿qué se hace con un enamorado? Se le saca del ambiente en que vive. Se le aisla. Cuando uno está tentado hay que buscarle ocupación. Y el que en ese ambiente especial no sabe gobernarse, no sirve para nuestra vida. Porque, me digo: si en ese ambiente especial se comporta así, ¿qué no hará en el otro?

En otra pregunta posterior, responde sobre temas filosóficos que le preocupan. En esto dice que piensa en la pregunta de Heidegger, 1927: “¿Por qué ser en vez de nada?” Y sigue: “El existencialismo como sentir mundial. La nada. ¿Cómo luchar contra él? Mediante la fe en Cristo, los mandamientos. Los mandamientos son la receta más formidable para la formación humana y terrena, camino de lo eterno.”
Y sin que el entrevistador le haya preguntado nada al respecto, le dice algo que le ha parecido —empleando expresión del mismo H. Conrado— “lo más formidable” de lo que ha dicho. A saber: “De no haber sido Director, ¿dónde habría llegado yo? ¡¡Con aquella ansia de saber que tenía desde niño…!!” Y añade a continuación: “¡Pero tal vez hubiera sido orgulloso!”
“Ha empezado con el orgullo y termina con él.”
La conclusión del autor, Hno. José María Mazuelas. Es el final del encuentro, y nos vale a todos.
Ya al fin de este reportaje, me he preguntado a mí mismo saber cuál ha sido lo más aprovechable para mi vida. Y he debido reconocer que ha sido precisamente esa última reflexión, algo que yo no había preparado. Me ha recordado a María Sma. y sus “planes” deshechos por el Padre, al gran San Juan Bautista que “disminuye”, el “déjate quemar si quieres alumbrar”, de la Canción del testigo; la especialista pedagogía de Dios en la conducción de nuestras personas; el que yo formo parte de una estructura dentro de una Congregación y tengo que sujetarme a ella, aunque me sangre el alma, el aire, la vida misma. Y tengo miedo, porque me falta fe.
Muchas gracias, H. Conrado. Y que como Eugenio D`Ors. Siga Vd. siendo joven, sueño de sí, cada día más eterno.
H. J. M. Mazuelas

La revista LUJÁN, de la provincia homónima, dedicó una nota en su fallecimiento. La encontramos en agosto de 1973, páginas 25 – 28. Extraemos párrafos.
“(…) Del Hno. Conrado no nos constaba enfermedad alguna en su larga trayectoria. Pero un buen día su aparato digestivo presentó alarmantes síntomas que hubo de desembocar en una necesaria intervención quirúrgica. Ya debilitado por el prolongado ayuno a que le había sometido su malestar, no pudo sobreponerse a la operación y plácidamente se durmió en el Señor el 8 de diciembre de 1972.
En efecto, en septiembre de ese año, ingresa en la Clínica de San Camilo y el día siguiente de su Internación fue intervenido. Se constata una fístula en el píloro por lo cual hubo que hacer un puente. Desde ese día le fue ya muy difícil ingerir y desapareció el apetito.
Pocas esperanzas se abrigaron ya sobre su recuperación y se le trasladó a la Casa de la Sagrada Familia, donde poco a poco fue decayendo.
En los primeros días de diciembre ya se pensó que de un día a otro se produciría el desenlace. A todos se nos ocurrió pensar que sólo la Santísima Virgen prolongó su existencia para llevárselo al cielo en su Fiesta. En efecto a las 10 del día de la Inmaculada se dormía plácidamente en los brazos de la Madre del cielo de la que toda su vida se mostró devoto.”

De Los Pasos De Su Vida, Entresacamos:
“El 1 de enero de 1914 hace su Profesión Perpetua y en febrero de 1917 cuando sólo cuenta 25 años, es designado Director – fundador del Colegio San José de Morón.
Conocen los Superiores sus dotes para organizar colegios nuevos y, así, el año siguiente es también Director – fundador del Colegio Monseñor Rasore de La Plata.
Sólo en agosto de 1923 interrumpirá una larga trayectoria directiva que casi concluye con la vida. Él, según confidencias a sus amigos, será el primero en la-mentar que, puestos los ojos en su diminuta persona, no le dejen ya bajar al llano y volver a confundirse con los soldados rasos.
Su personalidad nos la ponen de manifiesto dos o tres testimonios de los que con él convivimos.
Un Hermano afirma que todo su acierto como novel maestro y luego como profesor se lo debe a la orientación que le diera el Hno. Conrado. Según este Hermano, la preocupación mayor del H. Director la constituía la formación y orientación de sus Hermanos jóvenes a los que ayudaba a vencer las primeras dificultades inherentes a la docencia.

El prolongado ejercicio de la autoridad no lo convirtió en autócrata e intransigente. Sabía cambiar opiniones con sus Hermanos y, a pesar de que con frecuencia se embarcaba en discusiones filosóficas a las que era muy aficiona do, no se aferraba a sus opiniones y aceptaba el parecer de sus subordinados.
Formado en una era preconciliar, tal vez se le considerara excesivamente austero. Lo era en realidad para sí mismo, pero era paternal para una generación a la que confesaba no comprender pero sí la aceptaba.
Tenía profundas convicciones religiosas. Al preguntarle un Hermano que le visitara en su lecho de dolor qué consejo le daría en esa circunstancia le respondió:
‘La palabra del Sabio: Todo es vanidad sino amar y servir a Dios.’
El Hno. Conrado fue el hombre reflexivo y serio en toda su conducta y caritativo y servicial para con sus Hermanos.”

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